Tantum
solo quería pasar el día con sus amigos, los patos. Cuando su maestra terminó
la clase (de la que él era el único alumno) tomó su mochila y fue al lago a
hablar con ellos. Les contó de su soledad y sus deseos de tener a alguien con
quien jugar. Ni en Mikill, la isla más grande había niños.
Volvió
a casa. Esquivó el abrazo de su madre y se dirigió a la pieza. Sobre la cama lloró
hasta dormirse. Su madre entró, lo zarandeó y preguntó:
—¿Qué
pasa amor?
—¡Quiero
amigos!
—¿Por
qué no hablas con los grandes?
—Son
aburridos.
—Ah
¿nosotros también? —dijo, divertida.
—Bueno,
no, ustedes no. Pero son mis papás.
—Lo
sé, hijo —dijo y le acarició el pelo— ¿Y los emails?
Tantum
miró con ojos de reproche.
—Son
amigos lejanos ¿no? —dijo ella.
—Gente
de verdad, mamá, ¡DE VERDAD! No escucho sus palabras, no veo sus gestos.
—Mi
amor, sabes que no hay dinero para enviarte afuera de las islas —suspiró.
—Después
bajá a tomar la leche —dijo y cerró la puerta.
Tantum
se quedó mirando el techo y secándose las lágrimas. Merendó y decidió salir un
rato.
Hacía mucho frio, pero estaba acostumbrado. Todos lo estaban. Era cuestión de acomodarse a la vida. Un vecino lo saludó y devolvió el ademán harto. Fue al puente que conectaba su isla, Phakathi, con Mikill. Nunca lo había cruzado. ¿Para qué, si no había niños?
GRACIAS POR SU VISITA — COMPARTA SU
EXPERIENCIA.
Apretó
los puños y dio un golpe al cartel. Un cuervo graznó. Más decidido corrió hacia
Mikill. Estuvo a punto de caerse en la escarcha. Llegó al final sin dejar de
mirar hacia atrás.
BIENVENIDOS.
VISITE A TANTUM BARE, EL NIÑO SOLITARIO.
Sus
padres le presentaban a la gente que llegaba a la isla. Tantum odiaba esas visitas a pesar de los
regalos.
Entró
en una de las dos tiendas del lugar.
—¡Hola,
Tantum! ¿Qué necesitas? —dijo el dueño sorprendido.
—La
casa del alcalde, ¿Dónde queda?
—Al
final de la ruta —dijo decepcionado—, un edificio azul. ¿Seguro que no quieres nada?
Tantum
contestó con un portazo.
El
frío abrió sus oídos. “Estás solo, solooooo”. Con la cara tapada corrió hasta
la pared azul. Al final de las escaleras, el alcalde le estrechó la mano y
pasaron a su oficina. Ofreció galletas y
dijo:
—¿Cómo
estás, Tantum?
—Tengo
un problema.
—¿Tu
maestra te enseña mal? Podemos despedirla. ¿Son esos emails? ¿Dicen algo
grosero?
—¡Estoy
solo! ¿Por qué soy el único niño?
El
alcalde se rebulló en el asiento. Entrelazó las manos y, mirando la ventana unos
segundos, contestó:
— ¿Cómo
decirlo? Eres nuestra salvación.
—¿Yo?
El Hipoacúsico Fideo Loco


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