Así le propuse fugarnos, como dos jóvenes amantes en la clandestinidad. Ella me miró sorprendida, como si no entendiera lo que le decía.
Clavé mis ojos en los suyos, marrones como dos gotas de café, y le volví a repetir: “Eli, vámonos lejos de aquí, donde nadie nos conozca, donde sólo seamos nosotros dos”.
Su mirada parecía insegura, como si aún no hubiera asimilado lo que le decía. La tomé de la mano, esas manos tan cálidas y llenas de vida y le dije: “He comprado dos billetes a París”.
Sus ojos brillaron como dos estrellas, me besó y dijo: “Ya no tenemos edad para eso Juan, hagamos un regalo a nuestros nietos”. CRISTHIAN G. CALVO
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