Recuerdos se desvisten ante mí cuando una sonrisa perlada me proyecta los rayos del sol por la mañana.
Una inscripción grabada en oro daba la bienvenida al hall del hotel Beau Bleu de San Quintín en Francia, todo hacía sospechar que la estancia en aquel lugar sería 'surtout poétique' —especialmente poética—.
No me equivoqué, dicho hotel le pertenecía al poeta Jean Baptiste Elissamburu. Bueno, fue heredado a su querida familia. La bisnieta de este poeta nacido en el año 1828 sonreía con sus cabellos de lirio y le extendía sus gráciles manos a todo visitante de su amada estancia con un deslumbrante brillo en su mirar. Fleur, como se hacía llamar, era la dueña del hotel Beau Bleu, además de ser la encargada de recibir a los visitantes; en su mayoría, artistas de todo el orbe que estaban dispuestos a liberarse del estrés cotidiano para sumergirse en los lindes del surrealista paisaje que le brindaba San Quintín. Bello lugar, bello pueblo de costumbres arcaicas y de paradisíacos paisajes, así era el descanso del vate. La gente era recibida con los brazos abiertos, las piedras se amulaban en los ríos esbozando besos y caricias en las suaves ondas y, los domingos por la tarde, en la plaza central, se gestaban amenas tertulias literarias y recitales que tenían como eje central a Jean Baptiste, el poeta más afamado en la historia de ese lugar. La poesía bucólica, amorosa y patriota del mencionado poeta había calado en el alma de su pueblo hasta hacerlos sentirse orgullosos de haber nacido en la tierra del ensueño poético.
Fleur, quien me había tratado como a un familiar desde que llegué, me presentó a Amelie, su nieta, una bella joven de apenas veintiún amaneceres, de blonda cabellera más radiante que el mismo oro, de mirada que asemejaba la profundidad de los mares, y de una sonrisa perlada y perfecta... ¡qué perfecta! Fue mi guía durante las dos semanas que estuve inmerso en la belleza de aquel lugar. Recuerdo haber leído uno de mis más aclamados relatos en la plaza central y sentir como la gente exhalaba mil emociones a través de mis letras, suspirar, lagrimear, llorar, reír, enfadarse y todo en un parpadeo. Y así, como en un abrir y cerrar de ojos, Beau Bleu, San Quintín y Francia se instalaron en el centro del alma mía para nunca más salir.


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