Enrique un pequeño, de tan sólo diez años de edad, iba como todos los días de su casa a la escuela, la vianda en mano y unos grandes deseos de superación. Él era un niño muy aplicado y muy respetado por sus compañeros, apoyaba a sus maestros y cuando era posible Enrique se encargaba de cuidar el salón en los intermedios de clase. Acababan las clases y el pequeño niño iba directamente a casa, la comida la comida bien caliente y servida por Marina, su nana-quien lo ha criado como una Madre-, ‘ el día de hoy tenemos unas de ricas lentejas’, fueron las palabras de Marina. Enrique nunca hacía problemas, a pesar de su gran problema (valga la redundancia), su Madre trabajaba día y noche para mantener el hogar, sí, este es uno de esos casos donde el Padre se desentiende de la familia, pero no por ello es un caso triste. Mucho podría pensar, que por ser uno de los niños respetuosos y aplicados no distinguiría en deportes, grave error, el infante era un as en el ping pong y el ajedrez. Los domingos fungía de acólito de la parroquia de su vecindario, en toda actividad que realizaba trataba de poner todo su entusiasmo, ese el secreto del porque todo le salía bien. Y bien, como todo niño tenía una que otra diferencia con sus compañeros, pero siempre era resuelto con un ‘basta’, para ser más preciso la peleas o diferencias se creaban por caricaturas o juegos de video. En su vecindario tenía muy pocos amigos, pero por decisión de su madre, ya que ella quería evitar burlas (tal vez se preguntarán de qué forma podrían burlarse de Enrique, no apresuren), no por ello los vecinitos de Enrique dejaban de buscarlo para salir a jugar.

Todo pasó tres años atrás, era un día soleado y la familia de Enrique iba de paseo a unas cataratas fuera de la ciudad, todo estaba planeado, hasta las horas de uso de los servicios higiénicos (exagerando). Madre, Padre, Enrique y Pablito (el hijo menor), todos felices y contentos cantando y gastando bromas en el coche. A mitad del viaje, un hombre mal vestido, en una acera, alza el pulgar para recibir un aventón, el padre discute con la familia al no querer apoyar al ‘indigente’, cedió al final. Pararon y  el tipo desenfundó un arma del bolsillo trasero y por el lado del conductor encañono al patriarca, lo hizo bajar del coche y con el resto de la familia emprendió su huida, 170 km/h, los niños gritando, la madre desesperada, el delincuente nervioso por la huida, y la sirena de la policía que en ese instante empezaba a sonar. El corazón acelerado del conductor, al ritmo del kilometraje del coche, y la patrulla policial reventando el acelerador para poder alcanzarlo. Un letrero de desvío, el nerviosismo aumentando por los gritos de los infantes, y luego…luego. Pablito perdió la vida, Enrique en coma por un mes y la madre por alguna razón ilesa… ¿el delincuente? Mejor no hablar de esa escoria. Eso fue todo lo que pasó, el padre después de dos meses de lo ocurrido decidió irse de casa, no pudo soportar la muerte de Pablito y ‘el problema de Enrique’.

Bueno, continuando, Enrique un día domingo luego de la misa de la mañana, fue a caminar por los alrededores de su vecindario, se detuvo al ver un cartel que decía ‘se venden cachorritos’, se acercó raudamente, en la medida de lo posible.


Vendedor: Hola pequeño


Enrique: Buenas tardes señor, ¿aquí venden perritos?


Vendedor: Así es hijo, a 10 dólares


Enrique: uy, yo solo tengo 5 dólares-mirando sus moneditas y billetes con pena


De pronto se acercan los cachorritos corriendo, bueno no todos, uno de ellos caminaba con mucha dificultad, pero moviendo la colita.


Enrique: yo quiere ese perrito señor- señalando al último cachorrito


Vendedor: no no pequeño, ese perrito tiene la cadera desviada y no podrá caminar…


Enrique: pero yo lo quiero señor-interrumpiendo al vendedor, con suave voz


Vendedor: bueno niño, si lo quieres es tuyo, te lo regalo-cargando al cachorro


Enrique: Señor, yo quiero pagar por el ¿acaso el no vale igual que los demás?, le voy a pagar 5 dólares ahora y 1 dólar cada mes hasta cancelar la venta, ese perrito necesita alguien que lo entienda.


Vendedor: pero hijo, ese cachorrito no te hará feliz



Enrique se sentó en el piso  y con las manos se remangó el pantalón y mostrando la pierna derecha le preguntó: ¿usted cree que yo no pueda hacer feliz a los demás? Y tocando su pierna ortopédica miró al vendedor, una lágrima cayó del rostro del señor, lección aprendida.