La máquina no estaba funcionando, por más mecánicos y electricistas que contrataba Ernesto nadie lograba dar con el verdadero problema de la inmensa máquina. Era un día viernes, del año 2000, había pasado 4 semanas del traslado de la prensa a su nuevo dueño, solo faltaban unos cuantos arreglos en aspecto operativo...por no decir muchos, al no saber cuál era la falla en sí. Ernesto era un hombre sumamente optimista, tanto que cada día sentía que —a pesar de los obstáculos— su fortuna llegaría, ello era muy distante de la realidad. Se hicieron una veintena de pruebas, haciendo unos movimientos imperceptibles, las palabras exactas del positivo Ernesto eran: 'en el siguiente intento funciona', pero sus ganas no eran suficientes para hacer girar el enorme motor partido de 100HP, sacándose la indumentaria requerida para aquella labor se dirigió a una de las mesas y llamó al técnico que con plano en mano le explicó que debía hacer un rebobinado de motor para que este pueda mover el 'gusano' de la prensa. Ernesto llamó a un electricista de confianza, le explicó el problema que se había suscitado, palabras y más míseras palabras técnicas del electricista para poder sustentar el alto precio del arreglo: ¿2 mil dólares? Hermanito ¿no puede ser un poco menos? Mira que ya he gastado mucho en esa
máquina, al fin de cuentas es como regalarla. Como era de esperarse, todo ruego por parte de Ernesto fue en vano, como se dice criollamente ‘el tipo se cerró’ y con 2 mil dólares en mano el trabajo estaría listo, bueno pues, el gran Ernestito aceptó no sin antes decirle al electricista que haría una última prueba al día siguiente. Algo pensativo, pero optimista, se fue a casa por una ruta muy congestionada, pero como les he ido mencionando ‘Ernesto es muy optimista’ y radio encendida entonó una canción de Bacilos…si la memoria no me traiciona fue ‘Bonito, todo me parece bonito’ ( soy un narrador omnipresente).



Ernesto, luego de dos horas de recorrido por la congestionada carretera, llega a casa, abre la puerta y oye una suave voz detrás de ella.
‘Papiiiii ¿Qué crees? Mañana voy contigo al trabajo, voy a ayudarte’-era el pequeño hijo de Ernesto. El padre abrazó a su pequeño hijo, le dio un beso y fueron al comedor a cenar, una suculenta cena preparada por la dulce y tierna mujer que lo acompaña hasta el momento-creo que su familia es el motor de su optimismo-, Ernesto no durmió esa noche por revisar una y otra vez los planos de la prensa, no hallaba problemas de ningún tipo. Tres lápices nuevos, 5 tazas de café y las ojeras como si hubiera trasnochado por 3 días seguidos, se levantó de su incómodo sillón del salón-estudio para alcanzar la fortuna (hacer funcionar la máquina). Su hijo estaba parado en la puerta con su vianda en la mano y el cabello impregnado de fijador de cabello y tomando de la mano a su padre se ‘montaron’ al auto. El niño estuvo callado todo el trayecto y es que veía a su padre en un estado deplorable-era obvio que era parte de no haber dormido-, el pequeño mirada al frente y cabizbajo no hacía ningún gesto, Ernesto se dio cuenta de ello y en una parada de semáforo se acercó al infante, lo tomó de la barbilla y le dio un beso fuerte en la mejilla, el pequeño sonrió y le dio un gran abrazo a Ernesto. ‘Llegamos’ le dijo Ernesto a Giacomo (su hijo), entraron a la vieja fábrica donde estaba la prensa ‘inoperativa’ y se oyó un ruido fuerte ‘papi, tengo miedo ¿qué es eso?’ Ernesto tranquilizó a su hijo diciéndole que esos ruidos provenían de una prensa de forja, que esté tranquilo que con él nada malo le pasaría. Y es cierto, todo padre tranquiliza con esa frase a sus niños. El optimista padre fue con su hijo a probar la máquina, con ayuda de un técnico de la empresa, luego de hacer unos últimos ‘arreglos innecesarios e invariables’ para el funcionamiento de la máquina el optimista y alegre Ernesto, desistió. Tomó asiento, se sentía derrotado y por primera vez en su vida dijo ‘esto no se puede’. Giacomo, que estaba oyendo a su padre y viendo las conexiones, detenidamente, de la máquina se acercó a su padre y le dijo: ‘Papito ¿y si conectas la máquina a la corriente?’. Ernesto miró al técnico, el técnico miró a Ernesto y ambos luego al pequeño Giacomo, y como niños felices corrieron hasta el primer estabilizador, con cables en mano para conectar el armatoste. Se oyó un PUM!PUM!
Mensaje: Muchas veces las soluciones de los problemas están en cosas sencillas.