Cuando el alba acariciaba mis días
tus manos, nubes espesas,
soportaban las caídas
de un cielo sin fin
que era mi melodía.
Los colores en las praderas
de mis recuerdos
pertenecían al rocío de tus sonrisas.
Las caricias del fuego de tu mirada
y el lacerante dedo en vaivén
que acusaba las celdas de aprendizaje
eran la quintaesencia de mi sino.
Para qué ser sin ser divino
entre las angostas vías de la vida
entre el sutil sabor del éter
que se despide en labios
al ser cobijado en eterna impronta.
de mis recuerdos
pertenecían al rocío de tus sonrisas.
Las caricias del fuego de tu mirada
y el lacerante dedo en vaivén
que acusaba las celdas de aprendizaje
eran la quintaesencia de mi sino.
Para qué ser sin ser divino
entre las angostas vías de la vida
entre el sutil sabor del éter
que se despide en labios
al ser cobijado en eterna impronta.


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